Lo recuerdo, era una tarde soleada. Cruzaba por la plaza como otras tantas veces. No había nada extraordinario, excepto la visión de ese pequeño hombrecito y su carreta.
Su figura quijotesca surgía irreal en la plaza donde las sillas reclinadas de las mesas tomaban un descanso. Coloridos manteles con vistosos y brillantes matices las engalanaban, un cóctel de crepusculazos atardeceres endulzados con perfumados amarillos.
El hombrecillo empujaba penosamente la carreta, concentrado en su faena, en un mundo indiferente a su realidad. En un país donde los pensamientos no tienen prisa, donde las ideas no se afanan en volar.
Empujaba su carreta llena de aquellas cosas que el tiempo olvidó. Las cosas que a nadie ya pueden impórtale. A pesar de su quebradizo cuerpo no desistía de empujar, era su vida, si la abandonaba, se extinguía.
Ignoraba que de todas formas moriría, comos sus sueños en una época distante que ya se fue. Se volvió cual pálida esfinge a pesar de estar rodeado de múltiples colores. Ya no reconocía el tiempo, porque el tiempo ya lo había olvidado. Atravesaba la plaza, entre sillas reclinadas de mesas, empujaba su carreta.
Atardecía, he inexorablemente el escenario cambiaria, las sillas cobrarían vida, se escucharían risas, las emociones despertarían al vino, renacería la alegría, caminarían sueños y se pintarían deseos. Mientras que el seguiría su camino hacia su propio mundo.
martes 30 de enero de 2007
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