miércoles 28 de febrero de 2007

Respuesta Divina

Cuento

¡Y nadie respondió! Todo intento fue inútil, se utilizaron todos los medios de comunicación conocidos, los instrumentos más sofisticados no lograron contacto alguno.
Las fuerzas armadas de algunos países colaboraron enviando escuadrones de reconocimiento aéreo, se realizaron observaciones satelitales. Los resultados de estos esfuerzos asaltaban la coherencia, no podía darse crédito a lo observado. Las imágenes enviadas por los satélites y los informes de pilotos que sobrevolaron el área resultaron inauditos.

No quedaba nada, absolutamente nada. Donde antes, según la historia conocida existía una nación, ahora solo queda un ausente espacio. Lo que en algún tiempo fue conocido como un país floreciente había desaparecido sin dejar rastro alguno. Los escasos sobrevivientes de esta nación, que no se encontraban en sus fronteras en el momento del extraño suceso, realizaron desesperados intentos para esclarecer lo acontecido. Entre los esfuerzos destacados esta la participación de los espiritistas más prestigiosos del planeta, quienes interpusieron sus místicos talentos para establecer contacto con los evaporados habitantes. Fue igualmente inútil, no se obtuvo ninguna respuesta. En los países vecinos, al observar el horizonte colindante con sus fronteras, se percibía una brumosa irrealidad que cubría con un manto todo aquello que alguna vez existo.

Como corresponsal que en innumerables ocasiones cubrí acontecimientos similares acerca de este onírico país, puedo contarles hechos de su vida cotidiana para dar fe, de que la existencia del País de las Protestas no fue una invención de la imaginación colectiva. Aquellos que hoy dicen que nunca existió mienten. ¡Yo estuve ahí!

Este era un maravilloso país donde las protestas eran el alma de todas las cosas. Todos sus habitantes profesaban de alguna forma u otra un inquebrantable culto a las protestas. Existía un sentido patriótico hacia esta corriente de pensamiento como medio sublime de la expresión civilizada. Esta filosofía de vida estaba consagrada como uno de sus máximos principios en la Carta Magna, la cual anoté textualmente para algunos de mis reportajes y declara así: “Titulo XXV, Capítulo 162, Artículo 356. Toda persona puede ejercer su derecho a protestar libremente por medio de acciones escritas, verbales o físicas o por cualquier otro medio, sin sujeción a censura previa; sin que existan responsabilidades legales cuando por algún medio se atente contra la reputación o la honra de las personas, países o animales o contra la seguridad social y el orden público y/o universal”.

Los diputados, aquellos llamados a perpetuar la sagrada tradición de protestar, celebraban filosóficas sesiones donde se exhibían las destrezas de los maestros en protesta. Se protestaba por el orden del día, por la agenda presentada, se presentaban elocuentes discursos en protestas por los proyectos; se protestaba por la participación de los partidarios y también por los adversarios; se protestaba por los recesos, por las resoluciones. Y finalmente, para cerrar las sesiones se presentaba un acta en protesta por todo lo actuado. Era el templo de la máxima expresión del culto a la filosofía de protesta.

En resto de la sociedad no se quedaba atrás. En las universidades se impartían todas las especialidades que el género humano pudo desarrollar. Licenciados en Protesta con énfasis en Derecho. Doctores en Medicina con especialidad en Protesta Psiquiátrica. Arquitectos con formación en el diseño arquitectónico que reflejará la vanguardia en la expresión de protesta. Físicos en Protesta Molecular.

Las asignaturas académicas estaban diseñadas de acuerdo con las especialidades. Protesta aplicada, protesta física, protesta matemática, protesta empírica, aplicación de la protesta en el contexto político y social, la historia de la protesta, la protesta como filosofía de vida, teología de la protesta. Intelectuales de todo el mundo acudían a estudiar estos excelentes perfiles, únicos en el ámbito académico. En las escuelas secundarias se protestaba como previa formación universitaria. Se protestaba de lunes a viernes, y los fines de semana estaban decretados para la libertad de protesta.

Los trabajadores protestaban por el bajo sueldo, por los aumentos inesperados, por los impuestos, por las jornadas de trabajo de cinco horas, por el horario, por los ascensos, por las jubilaciones, por el descanso de fin de semana, por los jefes, por los compañeros, por los recesos de la mañana, media mañana, medio día, media tarde y en la tarde; recesos que se utilizaban para tomar el café, almorzar, fornicar y fumar un buen cigarrillo.

Las amas de casa protestaban por tener que cocinar, por atender a los hijos, al esposo; protestaban por lo buena o mala que estaba la novela de temporada, por las libras de sobrepeso, por los muebles nuevos de la vecina, por la rutina sexual, por las infrecuentes visitas del cartero. Los hombres protestaban por sus esposas, por sus hijos, por las amantes, por las escapadas de los viernes, por la incipiente curvatura de su vientre cervecero, por el fútbol.

Un singular hecho se produjo cuando el gremio de trabajadoras sexuales protestó por la poca uniformidad de los miembros viriles, estableciendo tablas de estandarización y, exigiendo a sus clientes el estricto cumplimiento en medidas de curvatura permitida, largo, grosor y resistencia. El incumplimiento se penalizaba con la negación del servicio, situación que estuvo a punto de ocasionar una emergencia nacional.

Era un esplendoroso país donde reinaba un vibrante ambiente de protesta; donde todos protestaban contra todos y contra todo; donde estaba tipificado en el código penal el delito agravado de negligencia premeditada en acciones de protesta comprobada, delito que conllevaba la pena de veinte años. Era un país donde los políticos presentaban sus plataformas de gobiernos basadas en protestas por los supuestos planes de gobierno que presentarían sus adversarios.

La filosofía de vivir protestando evolucionó al grado que ya no había situaciones de qué protestar. Ante tal situación de catástrofe nacional, el Consejo General de Estado se reunió en sesión de emergencia para decidir qué acciones deberían tomarse. El resultado fue contundente y unánime. Se decidió que el país y todos sus habitantes debían protestar contra la vida. Era imperativo desarrollar una proclama de gobierno en protesta contra la existencia misma. No era posible que el hombre viniese al mundo y que su sagrada misión de cuestionar su existencia no fuese cumplida. El júbilo por el resultado en las sesiones de gabinete de emergencia era desbordante. Esta nación había encontrado más allá de cualquier duda, la razón fundamental de su existencia por encima del resto de sus frívolos vecinos.

Se convocó a las autoridades eclesiásticas para que el proyecto, refinado en una proclama universal, fuese presentado por intermedio de los prelados al responsable de la paupérrima situación de la existencia de los ciudadanos. Semejante acción fue debatida teológicamente por los conocedores de los inescrutables caminos de la vida, los intelectuales y los cobradores de impuestos. El resultado fue contundente, no solo era lícito, sino un deber inalienable que esta evolucionada sociedad presentase su protesta ante el único responsable: su creador. Esta sagrada misión solo podía ser ejecutada por las autoridades de la iglesia como representante legítimo de estos poderes en la tierra.

Se decretó que simultáneamente en todos los servicios religiosos del día a la misma hora se leería la proclama. Esta situación creó tensión en el equilibrio de fuerzas al excluir de la participación de este momento patriótico de repercusiones históricas a los partidos políticos de oposición, quienes conspiraron y fraguaron un golpe de estado, dirigido por el partido de la protesta naranja y respaldo por una protesta armada de los mandos militares.

Ese fatídico día en mí habitación, luego de lograr que mis dendritas lograran comunicarse, encendí la televisión y sintonicé un canal de noticias, justamente cuando trasmitían en directo la proclama de protesta por el Cardenal acompañado del Primer Ministro. Inexplicablemente se perdieron las señales de televisión, las comunicaciones telefónicas fueron interrumpidas, simplemente todo se apagó. Nunca se ha podido determinar qué fue lo que en realidad sucedió. El maravilloso país de las protestas, en medio de su protesta máxima, inexplicablemente dejó de existir.

Algunos dicen que vieron descender del cielo un resplandor, otros hablan sobre la existencia de un mensaje de origen desconocido, el cual fue recibido en un puesto fronterizo que por error estaba localizado unos pocos metros fuera de sus fronteras. El texto era el siguiente: “Amadas creaciones: sus protestas han sido escuchadas y proclamo que han sido liberados de la pesada carga de existir que les había encomendado. Cúmplase eternamente”, firmaba Dios. La autenticidad de este mensaje no ha podido ser comprobada.