Un padre y su hijo regresaban a su rancho, después de una larga caminata hasta el pueblo para escuchar las propuestas que uno de tantos candidatos a la silla presidencial presentaba a los pueblerinos. 
Nuevamente iniciaba la época donde surgían de cualquier hueco los dueños de las soluciones maravillosas presentando sus ideas con las cuales juraban solucionarían de una vez y por siempre los problemas de los incautos pobladores. Era un espectáculo que se trasladaba de pueblo en pueblo, de feria en feria, valiéndose de cualquier acontecimiento como escusa para presentarse. Ocasiones en la cuales los pobladores aprovechaban para conseguirse un buen par de camisetas y unas gorras útiles para usarlas en las faenas del campo, que era para lo único que servían las baratijas que regalaban.
Al caminar junto a su padre el pequeño niño con su sombrerito a la pedrá observaba el rostro contraído de su padre con aquella expresión que conocía muy bien. No pudo contenerse y solo para escuchar aquella frase que tanta jocosidad le ocasionaba, inquirió a su padre a sabiendas de la respuesta que recibiría.
— ¿Papa, que le pasa?
— Estiércol, puritica mierda de vaca —Le contestó el campesino de manos curtidas, huellas palpables del hombre que trabaja la tierra para lograr el sustento—.
El niño se soltó en risas. La expresión de su padre siempre le parecía lo mas gracioso que podía escuchar. Era la expresiva manifestación de su padre hacia todo aquello que consideraba con menos valor que el estiércol del ganado.
— ¿De que te ríes mocoso?
— De lo que usted dice Papa. Explíqueme.
— Que te explico, la mierda es mierda y ya. Y más ná.
— ¿Pero como así?
— Todo lo que dicen esos políticos es puritica mentira. Solo se aparecen cada cinco años prometiendo lo mismo. Que el Centro de Salud. Que arreglan la escuela. Que la carretera y nunca ná. Siguen los ñames pudriéndose sin poder sacarlos a menos que sea a punta de lomo de caballo.
— ¿Y que tiene que ver eso con las vacas?
— Las vacas tienen una gran panza, como la bolsa de los políticos.
— ¿La bolsa? ¿Cuál bolsa Papa?
— Esa bolsa de donde sacan plata y más plata, para pagar todas las pendejadas que nos dicen por la radio y esos embustes que salen en la TV del chino de la tienda. Pero nunca nos dicen de dónde sale tanta plata.
El niño seguía sin entender mientras su padre se detuvo frente a un enorme cartel con la imagen sonriente del político que habían escuchado en la arenga del pueblo. Se mantuvo inmóvil mientras su hijo observaba como los ojos de su padre se tornaban cada vez más chiquitos y rojos como cuando el vecino se acercaba a su mamá.
Repentinamente su padre reaccionó recogiendo cuanta piedra estaba cerca y comenzó a arrojarlas contra el cartel. Su hijo se sumo a la ofensiva recordando que en las batallas su padre le había dicho que nunca se quedara sin participar y si el contrario era grandote que cogiera lo que fuera para apoyarlo.
Arrojaron piedras, palos, pedazos de lodo y por ahí se fue entre la metralla algún fragmento de estiércol de vaca. El ataque duro poco hasta que cayeron rendidos y sudorosos. El niño esbozaba una sonrisa que le abarcaba toda la jeta.
— Papa le abrió un hueco en el ojo
— Desgraciados, creen que los cholos somos brutos y no entendemos.
— Vienen aquí a echarnos cuentos, prometernos pendejadas que nunca van hacer, se gastan un montón de plata. Mira ese letrero, el compadre Hernestino se saco un poco de plata por ponerlo. Plata botá, ¿Por qué no me la dan pá arregle mi potrerito? ¿Por que en vez de gastar en eso, no nos regalan esa plata pa comprá semillas y sembrá?
— ¿Y porque no lo hacen papa?
— Porque no es su plata, se la prestan los mismos que después vienen a ser negocios con nosotros y con nuestras tierras. A ponernos supermercados y todo caro. A ponernos luz y después no las cobran bien cara. Por eso todo es mentira, están comprometidos desde antes de ganar la presidencia, tiene empeñados hasta los cojones, por eso no se resuelve ná.
Era historia harta conocida, nunca los políticos no se atrevían a descubrir quienes financiaban sus campañas. Nunca decían quienes eran los proveedores de los recursos ilimitados, ellos siempre permanecían en el anonimato. El votar por uno o por otro candidato resultaba una apuesta a siegas. Nadie conocida con quienes estaban comprometidos los políticos y a quienes tendrían que facilitarle negocios para pagar las donaciones a sus campañas.
El padre y el hijo se quedaron mirándose las caras y decidieron seguir su camino antes de que la dueña del rancho comenzara a imaginar cosas y les formara un saperoco cuando regresaran.
— ¿Y que vamos hacer Papa?
— Lo mismo que el compadre, recogé todo lo que se pueda. Por eso tiene un palo donde cada vez que viene un político cuelga su bandera y recibe a todo el mundo. Y vea mijo que tiene a cada pariente en un partido diferente y siempre esta paraó. Vamos a jugar el mismo juego que ellos juegan.
— ¿Y que juego juegan los políticos?
— No los políticos, mocoso
— ¿Quiénes entonces?
— Los que apoyan a los políticos. Vamos apostar a todos los caballos.
— No que eran vacas Papa.
— Da igual, todos son unos cagones.
— Camine rápido antes de que tu ma
má nos cacoté, ya es muy tarde y no me ensucie la camiseta que sirve pá cuando venga otro soquete del mismo partido.
La tarde caiga sobre la campiña y la sabiduría vernacular seguía trasmitiéndose de generación en generación con el conocimiento de trasmitir de quien era la bolsa de los políticos.
El Arquero – Marzo 2008 en el istmo al atardecer.

Nuevamente iniciaba la época donde surgían de cualquier hueco los dueños de las soluciones maravillosas presentando sus ideas con las cuales juraban solucionarían de una vez y por siempre los problemas de los incautos pobladores. Era un espectáculo que se trasladaba de pueblo en pueblo, de feria en feria, valiéndose de cualquier acontecimiento como escusa para presentarse. Ocasiones en la cuales los pobladores aprovechaban para conseguirse un buen par de camisetas y unas gorras útiles para usarlas en las faenas del campo, que era para lo único que servían las baratijas que regalaban.
Al caminar junto a su padre el pequeño niño con su sombrerito a la pedrá observaba el rostro contraído de su padre con aquella expresión que conocía muy bien. No pudo contenerse y solo para escuchar aquella frase que tanta jocosidad le ocasionaba, inquirió a su padre a sabiendas de la respuesta que recibiría.
— ¿Papa, que le pasa?
— Estiércol, puritica mierda de vaca —Le contestó el campesino de manos curtidas, huellas palpables del hombre que trabaja la tierra para lograr el sustento—.
El niño se soltó en risas. La expresión de su padre siempre le parecía lo mas gracioso que podía escuchar. Era la expresiva manifestación de su padre hacia todo aquello que consideraba con menos valor que el estiércol del ganado.
— ¿De que te ríes mocoso?
— De lo que usted dice Papa. Explíqueme.
— Que te explico, la mierda es mierda y ya. Y más ná.
— ¿Pero como así?
— Todo lo que dicen esos políticos es puritica mentira. Solo se aparecen cada cinco años prometiendo lo mismo. Que el Centro de Salud. Que arreglan la escuela. Que la carretera y nunca ná. Siguen los ñames pudriéndose sin poder sacarlos a menos que sea a punta de lomo de caballo.

— ¿Y que tiene que ver eso con las vacas?
— Las vacas tienen una gran panza, como la bolsa de los políticos.
— ¿La bolsa? ¿Cuál bolsa Papa?
— Esa bolsa de donde sacan plata y más plata, para pagar todas las pendejadas que nos dicen por la radio y esos embustes que salen en la TV del chino de la tienda. Pero nunca nos dicen de dónde sale tanta plata.
El niño seguía sin entender mientras su padre se detuvo frente a un enorme cartel con la imagen sonriente del político que habían escuchado en la arenga del pueblo. Se mantuvo inmóvil mientras su hijo observaba como los ojos de su padre se tornaban cada vez más chiquitos y rojos como cuando el vecino se acercaba a su mamá.
Repentinamente su padre reaccionó recogiendo cuanta piedra estaba cerca y comenzó a arrojarlas contra el cartel. Su hijo se sumo a la ofensiva recordando que en las batallas su padre le había dicho que nunca se quedara sin participar y si el contrario era grandote que cogiera lo que fuera para apoyarlo.
Arrojaron piedras, palos, pedazos de lodo y por ahí se fue entre la metralla algún fragmento de estiércol de vaca. El ataque duro poco hasta que cayeron rendidos y sudorosos. El niño esbozaba una sonrisa que le abarcaba toda la jeta.
— Papa le abrió un hueco en el ojo
— Desgraciados, creen que los cholos somos brutos y no entendemos.
— Vienen aquí a echarnos cuentos, prometernos pendejadas que nunca van hacer, se gastan un montón de plata. Mira ese letrero, el compadre Hernestino se saco un poco de plata por ponerlo. Plata botá, ¿Por qué no me la dan pá arregle mi potrerito? ¿Por que en vez de gastar en eso, no nos regalan esa plata pa comprá semillas y sembrá?
— ¿Y porque no lo hacen papa?
— Porque no es su plata, se la prestan los mismos que después vienen a ser negocios con nosotros y con nuestras tierras. A ponernos supermercados y todo caro. A ponernos luz y después no las cobran bien cara. Por eso todo es mentira, están comprometidos desde antes de ganar la presidencia, tiene empeñados hasta los cojones, por eso no se resuelve ná.
Era historia harta conocida, nunca los políticos no se atrevían a descubrir quienes financiaban sus campañas. Nunca decían quienes eran los proveedores de los recursos ilimitados, ellos siempre permanecían en el anonimato. El votar por uno o por otro candidato resultaba una apuesta a siegas. Nadie conocida con quienes estaban comprometidos los políticos y a quienes tendrían que facilitarle negocios para pagar las donaciones a sus campañas.
El padre y el hijo se quedaron mirándose las caras y decidieron seguir su camino antes de que la dueña del rancho comenzara a imaginar cosas y les formara un saperoco cuando regresaran.
— ¿Y que vamos hacer Papa?
— Lo mismo que el compadre, recogé todo lo que se pueda. Por eso tiene un palo donde cada vez que viene un político cuelga su bandera y recibe a todo el mundo. Y vea mijo que tiene a cada pariente en un partido diferente y siempre esta paraó. Vamos a jugar el mismo juego que ellos juegan.
— ¿Y que juego juegan los políticos?
— No los políticos, mocoso
— ¿Quiénes entonces?
— Los que apoyan a los políticos. Vamos apostar a todos los caballos.
— No que eran vacas Papa.
— Da igual, todos son unos cagones.
— Camine rápido antes de que tu ma
má nos cacoté, ya es muy tarde y no me ensucie la camiseta que sirve pá cuando venga otro soquete del mismo partido.La tarde caiga sobre la campiña y la sabiduría vernacular seguía trasmitiéndose de generación en generación con el conocimiento de trasmitir de quien era la bolsa de los políticos.
El Arquero – Marzo 2008 en el istmo al atardecer.

