lunes, 11 de mayo de 2009

El mártir de Miami

eltiempo.com 

Ernesto McCausland
Publicado el 11 de Mayo de 2009

Nadie puede impedirle a una sociedad su derecho a generar paradigmas. Es apenas natural que una conducta determinada, de un personaje famoso, o de Don Chucho el de la tienda, o del conductor que casi nos atropella o de cualquier integrante de la comunidad, sea susceptible de una revisión de tendencias; es decir, le asiste pleno derecho al análisis de que si un conductor se estrella borracho, esté dándose una conducta generalizada que suscita frecuentes tragedias. Pero también es preciso, a la luz de ese mismo sentido común, tener claro que no todo hecho singular posee una equivalencia plural: un chofer borracho puede ser sólo eso, un malnacido borracho.

Hago esta reflexión a propósito de las aventuras del sacerdote Alberto Cutié, hoy por hoy -después de las escandalosas fotografías con una mujer-, elevado a la condición de mártir del celibato.

Debo decir, primero que todo, que la santidad del tal padre Alberto siempre me inspiró desconfianza.

Ahora, que los medios han hurgado en sus archivos, encontramos múltiples entrevistas con el "Padre papito", declarándose en contra del celibato, lo cual me deja la duda: ¿era en realidad un vocero de las alas reformistas de la Iglesia Católica o simplemente un cura con ganas? ¿Era el postmodernismo ideológico con ojos azules o más bien un hombre débil atrapado entre los trapos de una sotana? ¿Era Jesús reencarnado o era Don Chucho?

Personalmente lo percibí siempre como un prelado con sus votos de abstinencia embolatados, un galán de dientes tornasolados protagonizando un culebrón de la vida real; otro producto de las fábricas de la farándula, su alma encandilada por las luminarias de la televisión. Era plenamente consecuente con la máquina que lo había parido, la línea de ensamblaje de Miami, con sus telenovelas cuyos actores no sudan y esas producciones musicales que convierten a buenos cantantes de vallenato en figuras "pop" de icopor y en donde el patito feo puede salir de un quirófano convertido en un flamenco.

De allí que Alberto ni siquiera haya tenido que salir a pedir perdón para que una horda de amas de casa de Miami, pasadas de peso, con el cabello teñido de rubio, y el carrito del Kmart lleno de inservibles cachivaches, haya salido no solamente a disculparlo y a defenderlo, sino también a ofrecerse como futuros cuerpos de pecado.

¿Está mal o está bien que la Iglesia Católica exija el celibato a sus prelados, como lo viene haciendo desde que en 1123 el papa Calixto II se declaró hastiado de que en los monasterios se practicaran abortos y hasta infanticidios?

Eso es harina de otro costal. Creo que el tema no tiene nada que ver con el padre Alberto, ni creo que sus aventuras serían más o menos tórridas si tuviera una esposa que mostrar, como tampoco creo que las monstruosas denuncias de pedofilia contra prelados disminuirían si Calixto no hubiera procedido. También las iglesias protestantes han tenido sus escándalos. Aquí no más, en Barranquilla, un pastor, casado, fue protagonista de un caso de infidelidad que corrió sotto voce por los corrillos de la ciudad y que luego fue perdonado por la feligresía. En Estados Unidos el pastor Jimmy Swaggart denunció que su colega Jim Bakker era "un cáncer en el cuerpo de Cristo" por sus andanzas sexuales, para luego ser descubierto en un motel barato con una prostituta. Ambos eran "felizmente" casados.

La Iglesia Católica, la misma que ahora expulsa y reacciona alarmada, jugó su juego con Alberto, considerando que un poco de exposición no le hacía daño a la expansión de la fe, incluso permitiéndole que posara como una voz airada que decía cosillas contra los dogmas.

Pero Alberto Cutié no era adalid de nada. Era simplemente un hombre débil que finalmente no pudo evitar que se supiera que dentro del flamenco no habitaba precisamente la paloma del espíritu santo, sino un vulgar gallinazo.

ernesto@laesquinadelcine.com

 

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