PABLO PARDO desde Washington
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22 de julio de 2009.- Hay tres profesiones para las cuales todo el mundo se considera cualificado. En español, las tres empiezan por la letra 'p': político, psiquiatra y periodista. Efectivamente, todos sabemos cómo solucionar los problemas de nuestro país y, si nos apuran, del mundo (es decir, podemos ser políticos o, mejor, estadistas), y los de nuestros vecinos (en cuyo caso deberíamos convertirnos en psiquiatras o psicólogos).
Lo mismo sucede con los medios de comunicación. Recuerdo un concursante de una de las primeras ediciones de 'Gran Hermano' que un día se puso a despotricar sobre lo mala que es la prensa. No sé qué habrá sido del chaval (ni siquiera recuerdo su nombre), pero mucho me temo que Rupert Murdoch no le ha fichado todavía.
En política, esa actitud es con frecuencia una vía de acceso al populismo más extremo. Si los políticos tradicionales no sirven, ¿por qué no traer a alguien de fuera? Igual que se hace con el periodismo ciudadano (y, ahora, hasta consultoría ciudadana), personas totalmente ajenas al campo de la política pueden entrar en ese territorio.
Hace seis años, en plena marea republicana, con California sumida en una crisis presupuestaria devastadora, Arnold Schwarzenegger se convirtió en gobernador. Carecía de experiencia política, y se había hecho famoso por hacer de robot en el cine. Precisamente por eso, prometió ser "el gobernador del pueblo frente a la política de siempre".
Diez meses después de aquella victoria, el gobernador demostraba en la Convención Republicana de Nueva York su carácter de macho, incluso en un terreno tan aburrido como es la política económica, al arengar a los delegados con un muy viril: "No seáis unas nenas económicas" (hay que recordar que el abuso de anabolizantes como el que ha realizado el actor suele conllevar una reducción del tamaño de los testículos, lo que podría explicar esa obsesión con la masculinidad).
Cinco años después de aquello, Schwarzenegger no sólo ha doblado la deuda de California. También ha llevado al Estado a una crisis fiscal aún mayor que la que le puso a él en el poder. Ha llegado al extremo de pagar a los contratistas de obra pública y hasta a los hospitales y a las escuelas concertadas de en bonos con un interés anual del 3,75%, que vencerán el 2 de octubre, y que los mayores bancos de EEUU se han negado a aceptar.
Es la versión californiana de los 'patacones', los bonos que la provincia de Buenos Aires emitió como moneda en 2002, en pleno colapso de la economía argentina. O como los bonos con los que el conde de Tendilla financió parte de la campaña de Granada de los Reyes Católicos.
Evidentemente, California no está en quiebra, como Argentina en 2002. En realidad, los problemas de California son autoimpuestos: hace 31 años los californianos aprobaron en referéndum la Proposición 13, que establece que la mayor parte de las subidas de impuestos requieren el voto a favor de dos tercios del Congreso. Es una medida que virtualmente liquida la posibilidad de aumentar la presión fiscal, y que pone al Estado al borde de la suspensión de pagos cada vez que hay una crisis.
Con suerte, los patacones californianos dejarán de emitirse mañana (sin embargo, no está claro que los testículos de Schwarzenegger vayan a crecer). Pero a un coste tremendo: una serie de trampas contables y un recorte del gasto público que dejará sin sanidad a decenas de miles de niños y ancianos e incluso obligará a California -el Estado más poblado y económicamente más potente de EEUU- a revisar las condenas de los presos, a ver si se las puede acortar, con lo que éstos dejarán de vivir del Estado en la cárcel.
Así, el prestigio político de Schwarzenegger, ha caído víctima de la locura de la Proposición 13. Pero que nadie desespere. Arnold aún seguirá dando guerra. Después de ser político, puede que se haga periodista. Psiquiatra no sé por qué pero todavía no lo veo.


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